Y toda esta cruenta historia, ¿A que viene a cuento?
monumento a los niños de Liditz
El caso es que la Venezuela de los años cuarenta tenía unas características demográficas y sociales que serían el germen de la Venezuela de hoy. Colaboradora – por no decir otra cosa – de las potencias aliadas, especialmente de Estados Unidos, contribuía al esfuerzo de guerra fundamentalmente con el petróleo, que en aquellos años se convirtió en mayor producto de exportación y base de la economía nacional. Eran años de cambios sociales y de migraciones del campo a la ciudad, donde los pobres y campesinos recién llegados se vieron obligados a construir sus viviendas en áreas marginales, de alta vulnerabilidad y en condiciones de hacinamiento.
Durante el gobierno de Medina Angarita, 1941 – 45, se idearon planes de construcción de urbanizaciones populares, únicos en su tipo en el mundo. Uno de estos desarrollos de urbanizaciones obreras se planificó y ejecutó en un terreno al este del casco central de La Pastora, que era conocido como Quinta Villa Amelia, por ser propiedad de Dolores Amelia Nuñez de Cáceres, doñita que aparentemente tuvo un jujú con el general Gómez. El caso es que por ser una reconocida gomecista, sus tierras fueron expropiadas para este proyecto de interés social, pero el nombre planificado para el conjunto era “Urbanización Quinta Villa Amelia,” y su construcción comenzó a finales de 1942 o comienzos del 43.
Pero el nombre no estuvo a gusto de muchas personas, por estar relacionado con un personaje gomecista. Particularmente periodistas del Últimas Noticias como Kotepa Delgado, María Luisa Lloveras y Pedro Beroes iniciaron una campaña para cambiarle el nombre, apareciendo finalmente el nombre de Lídice, recién destruida por los nazis. Los esfuerzos del diario para el cambio de nombre dieron resultado cuando la Cámara Municipal de Caracas cambió el nombre original por “Urbanización Obrera Municipal Lídice.”
La urbanización, destinada por decreto municipal para los trabajadores del Distrito Capital, fue inaugurada el 24 de diciembre de 1943 con la asistencia del para entonces embajador de Checoslovaquia, Karel Jajch. Y si bien muchas de las viviendas fueron entregadas a trabajadores y obreros, durante los años 1949 – 1951 se traspasaron casi 700 viviendas al Instituto Municipal de Crédito Popular, en lugar de darle la titularidad a personas que necesitaran las viviendas. Como añadidura las viviendas fueron alquiladas a ellos mismos, por lo que en la actualidad hay vecinos de Lídice que han pasado más de 45 años alquilados sin nunca tener la titularidad, habiendo pagado – varias veces – el costo de su vivienda.
Este es uno de los problemas que encuentra la urbanización Lídice en la actualidad, conjugados con problemas más generales como el de la inseguridad, la contaminación y la disposición de los desechos, así como la sobrepoblación y el hacinamiento.
Dentro de la urbanización existen individuos y colectivos que, identificados con su comunidad, con su historia y características culturales, luchan todos los días por el mejoramiento de sus condiciones de vida, tarea que forzosamente pasa por el re-conocimiento de sus raíces culturales locales y de su historia local. Afortunadamente, reconocen esa necesidad. Mencionamos tres, maravillándonos ante su acción cotidiana, apoyándolos desde acá como individuo, y poniéndonos a sus órdenes: PROLIDICE (http://lidice.blogspot.com), el periódico local Gran Lídice, y Mipastora.com (www.mipastora.com, http://mipastora.wordpress.com/).
Ahora que Lídice y el hospital Jesús Yerena están en las páginas de los periódicos nuevamente, y por razones lamentables aunque solucionables, tal vez sea oportuno recordar el origen del nombre de esta urbanización, haciendo un recuento de sus más de 65 años de historia.
I.- Liditz
Recordemos que en Europa, durante los años 1939 – 1945, se desarrollaba la segunda guerra mundial, enfrentando a Alemania, Italia y Japón, coaligados contra la Unión Soviética, Inglaterra, Estados Unidos y prácticamente el resto de Europa. Para el año 1942 prácticamente todo el continente europeo se encontraba en manos de los alemanes nazis, pero enfrentaban frecuentes y lesivos ataques de la resistencia y los partisanos, acciones de saboteo que ahora serían categorizadas con la palabra de moda “terrorismo.”
En Checoslovaquia la insurgencia no era la excepción. El 27 de mayo de 1942 Reinhard Heydrich, Obergruppensfuhrer de las SS y jefe del Reichssicherheitshauptamt (RSHA, Oficina Central para la Seguridad del Estado), sufrió un serio atentado con una granada mientras se dirigía en su carro descapotable hacia Holešovice, cerca de Praga. El ataque fue efectuado por los guerrilleros de la resistencia checa, Jan Kubis y Jozef Gabcik, entrenados por Inglaterra y lanzados en paracaídas en diciembre de 1941. El caso es que ambos soldados fueron exitosos en atentar contra la vida de Heydrich, – que como hemos visto por sus rimbombantes títulos, era todo un chivo – pues falleció en un hospital de Praga el 4 de junio, víctima de una septicemia.
Pero la represión contra el atentado no esperó a la muerte de Heydrich. Hitler mismo ordenó un conjunto de acciones represivas contra la población checa, siendo la más conocida de ellas el caso de Liditz.
Liditz era una pequeña población obrera a las afueras de Kladno y a unos 16 Km de Praga. Fue escogida para ser arrasada como ejemplo para los checos. En la tarde del 4 de junio un grupo de soldados registraron el pueblo, arreando a la población y sembrando unas pruebas ficticias en preparación de lo que venía. En la noche del 9, varios pelotones de soldados, SS y miembros de la Gestapo en su mayoría, hicieron un cordón alrededor del pueblo, acarrearon a todos los habitantes del poblado a la plaza, mientras saqueaban sistemáticamente las casas de los pobladores y encontrando las “pruebas.”
Mientras que las mujeres y los niños fueron conducidos a Kladno en camiones, toda la población masculina mayor de 15 años fue fusilada por una escuadra de exterminio, en total 192 personas. Luego el pueblo fue incendiado, demolidas las paredes que se resistían, desviado el río y creado un túmulo con los escombros, sepultando los cadáveres.
La suerte de las mujeres y niños no fue mucho mejor. Los niños, separados de sus madres, fueron conducidos al guetto de Gneisenau en Lodz, donde se separaron 17 que podían ser “germanizados”, nada más por ser catires, mientras que los otros 82 murieron en el campo de Chelmo. Las 198 mujeres fueron enviadas al campo de concentración de Ravensbruck donde murieron unas 60, producto de los trabajos forzados y la cámara de gas.
cartel ingles de la segunda guerra: "Lidice shall live!
Los nazis no intentaron ocultar el atroz hecho a la población mundial. Comunicaron que habían fusilado a todos los hombres del pueblo, demolido sus casas hasta los cimientos y borrado el nombre del pueblo. La indignación mundial fue generalizada, prometiendo ayuda para su reconstrucción y hacer eterno su nombre.
De los años 50 a la actualidad es poco lo que ha cambiado la plaza Bolívar. La diferencia más significativa la constituye la transformación de las calles aledañas en boulevares, prohibiendo el paso de vehículos automotores. Esto con la intención de aliviar el pesado tránsito que existía, motivado por el auge de la zona comercial y de oficinas gubernamentales existente en el centro. Pero la misma transformación del centro caraqueño en zona comercial en lugar de zona residencial ocasionó el abandono de la zona en las horas nocturnas y fines de semana. Conjuntamente con la expansión de Caracas hacia el este, desplazaron el centro de la ciudad desde la plaza hacia otras zonas, como el corredor Plaza Venezuela – Chacao. Esperemos que en algún momento de la historia por venir, en Caracas se den los necesarios cambios culturales y urbanísticos para hacer de la plaza Bolívar, sus alrededores y el centro un mejor lugar, más vivo y donde podamos disfrutar y estar conscientes de nuestra historia.
Los gobiernos de finales del siglo XIX impusieron un conjunto de cambios urbanísticos que repercutieron en el uso del espacio en las cuadras del centro de Caracas, haciéndolas pasar de un lugar relativamente tranquilo y bucólico a un sitio bullicioso y animado, donde se encontraban el ajetreo del mercado de San Jacinto, a apenas una cuadra, con todo el tráfico de pasajeros de las líneas de tranvías que confluían en la plaza, las personas que asistían a las retretas semanales y luego se reunían en los locales de moda, como la cervecería Donzella, el cine Rialto o el salón de la heladería La Francia. Todo este movimiento en las calles centrales de Caracas trajo como consecuencia que fuese desalojado como zona residencial en preferencia por el uso meramente comercial, las familias pudientes ubicándose en urbanizaciones periféricas como El Paraíso o las nacientes urbanizaciones del este del valle, y las familias más humildes siguieron habitando en las casas del oeste caraqueño, donde empezaban a crearse zonas con hacinamiento. En las décadas de 1920 y 1930 se hizo más marcada la diferenciación espacial de la ciudad por clases sociales.
Dos personajes habituales de la plaza Bolívar en los años 1920 fueron recordados años más tarde por Aquiles Nazoa. El primero, Cenizo, era un perro que un día de 1918 apareció en la plaza, durmiendo al pie del pedestal de la estatua, corriendo a otros perros, y haciéndose querido por la gente de alcurnia que hacía su vida social en la plaza. En 1925, por iniciativa de un conjunto de poetas e intelectuales, le fue regalado un collar de oro, el cual le fue robado al poco tiempo, aprovechándose de su mansedumbre. El triste acontecimiento de su muerte, el 29 de agosto de 1927, congregó a una gran multitud en la plaza. Fue enterrado solemnemente, y se acordó erigirle un monumento con el aporte popular, idea que quedó en el veremos, como tantas otras cosas.
El segundo personaje, Vito Modesto Franklin, fue mejor conocido por el título de Duque de Rocanegras. Primer personaje – y de los más estrafalarios – de la incipiente farándula venezolana, Franklin fue uno de esos venezolanos que se deslumbraron al viajar a Europa en la década de 1920 y al regresar no se resignaron al ritmo pueblerino de la Caracas de entonces. Comenzó vistiendo llamativas combinaciones, como paltó-levita con pantalones cortos, corbatas de colores, monóculo, bastón y guantes; y vestido de esa manera pasaba el día en la plaza Bolívar o en el salón de La Francia, conversando. Luego sus amigos, entre los que se encontraban los redactores de la revista Fantoches, le hicieron llegar un falso título de nobleza, proclamándolo como Duque de Rocanegras. Esta vida de fantasía y carnaval continuo se prolongó durante las décadas de 1920 y 1930, alternando con intelectuales, poetas, periodistas, toreros, cantantes de ópera y zarzuelas, y sólo perdiendo publicidad en la prensa y en la boca de la gente ante el auge de la radio y el cine en la ciudad. Murió avejentado y medio olvidado en 1938, en una Caracas mucho más bulliciosa y agitada que la que vio iniciar sus andanzas.
De hecho, el Duque de Rocanegras pudo ver como se arrancaron los rosales y se quitaban las orquídeas que adornaban los jardines de la plaza Bolívar, que fueron sembrados y organizados con especies donadas por Adolfo Ernst. Pero el Duque no alcanzó a ver como, bajo el gobierno de Pérez Jiménez, y con la intención de “recobrar su aspecto colonial” el piso de mosaico colocado por Joaquín Crespo fue reemplazado por las losas de granito actual, llamado de manera un tanto cursi “granito del Ávila”.
Para proteger la estatua y mantener la distancia, se colocó una cerca de madera en torno al pedestal, reemplazada luego por una de metal. Aparte de esto y de colocar algunos bancos y asientos, poco más se hizo para el ornato de la plaza. En 1877, cinco años después de la inauguración de la estatua, se firmó un contrato con varios particulares, unos para el mantenimiento de los jardines, otros para la importación e instalación de lámparas y candelabros de hierro desde Estados Unidos.
Para el cuido de los jardines se dispuso la contratación de un jardinero, Panteleón Bogado y cinco asistentes, los cuales cobrarían mensualmente en conjunto 72 venezolanos, equivalentes a 360 bolívares de los de entonces. Se construyeron ocho estanques en el medio de cada triángulo, equipados cada uno con bombas, tuberías y mangueras, que elevaban el agua para el riego hasta las copas de los árboles. Adolfo Ernst, el naturalista e historiador alemán residente en Venezuela, contribuyó con los jardines colocando varias orquídeas en vasijas colgantes de las ramas de algunos de los árboles, bastante bajos para la época.
En cuanto a la iluminación, como se mencionó más atrás, se encargaron a la fundición J. L. Mott Iron Works de Nueva York cuatro candelabros de cinco luces, a 240 $ c/u, veinte faroles para éstos en 8 $ la unidad, cincuenta columnas a 17 $ y sus respectivas lámparas a 3,50 $, cincuenta barandas a 10 $ y 48 guardamatas a 12,50 $ la unidad. Toda esta iluminación ornamental fue instalada durante ese año de 1877, mientras que también se hacían otras modificaciones, como el cubrir las caminerías con una capa de granzón fino – luego reemplazado por cemento –, y la colocación de varias bancas y asientos. Estas reformas transformaron la plaza en un lugar de recreo y descanso para la gente de entonces, particularmente para la gente con cierto poder adquisitivo, que podía vestirse elegantemente, llevarse (o hacerse llevar) algunas sillas y disfrutar de las tertulias del lugar. En efecto, algunos decretos y disposiciones establecidos en varios momentos, impedían el paso a la plaza a las personas que no estuvieran correctamente vestidas, con camisa y pantalón. Algunas personas mayores recuerdan que, por no tener dinero para comprarse ropa “decente”, tenían que dar rodeos al caminar para evitar pasar por la plaza Bolívar, pues no la dejarían cruzarla en alpargatas o en camisas de diario. Sin embargo, también era considerada una falta de respeto cruzar la plaza con el sombrero puesto, en deferencia a la estatua del Libertador.
Con los años se volvió tradición el espectáculo de la Banda Marcial del Distrito Federal en las retretas dominicales. Desde finales del siglo XIX se dispuso que dicha banda interpretase variadas piezas, desde valses hasta pasodobles, en el pedestal o retreta ubicada en el costado centro norte de la plaza, en dos funciones semanales, generalmente los jueves y domingos en la mañana. Los dos más recordados directores de la Banda Marcial, Sebastián Díaz Peña y Pedro Elías Gutiérrez mantuvieron a la banda en la cima de su popularidad desde finales del siglo XIX hasta finales de los años 40 del siglo XX.
En la década de 1980, el médico y político Eduardo Gallegos Mancera escribió para un libro llamado El Valle y sus cercanías sus recuerdos sobre El Valle que conoció y vivió en los primeros años del siglo XX:
“Nací en la Parroquia Candelaria, en el seno de una familia de raíz también caraqueña, la misma de Rómulo Gallegos. Pero mi infancia, mi adolescencia, mi juventud y madurez han estado muy ligadas a El Valle. Intentaré aclarar en cortas líneas las razones de esta relación tan estrecha. Mi tío por línea materna, el General Eduardo G. Mancera adquirió extensas propiedades que, de no haber fallecido en plena sazón aún, habría hecho de la suya una de las más sólidas fortunas del país. Las haciendas que poseía para los años veinte – Sosa, Santo Domingo y Coche – iban desde lo que es actualmente el Paseo de los Próceres hasta el Hipódromo. Abarcaron esos fundos, a las puertas del casco urbano, desde el Círculo Militar de ahora, saltando por Conejo Blanco donde tiene su asiento el Ministerio de la Defensa, la Escuela de Oficiales, el Fuerte Tiuna, hasta los Jardines y el Coche de esos tiempos, extendiéndose los tablones de caña de azúcar a lo largo que tiene sus fuentes en la actual cuenca de La Mariposa: Cutuciapón, Prim, Potrerito, el Pozo de los Pájaros, la Quebrada Figueroa y Turmerito, los numerosos manantiales que brotan del flanco Norte de El Naranjal. Dentro de esta enorme propiedad erizada ahora de altos edificios que llegan hasta el Mercado Central, se hallaba, se halla aún, la vieja casona de anchos corredores, hermosas barandas, patios interiores, parque y trapiche para el papelón y alto torreón aledaños en cuyo salón frontal se firmó el famoso Tratado de Coche – suscrito por Antonio Guzmán Blanco en nombre del Mariscal Falcón y por Pedro José Rojas en representación del ya en decadencia, General José Antonio Páez – que puso fin, a través de la clásica componenda final entre grandes terratenientes, a la cruenta Guerra Federal que tantas vidas e ilusiones de ingenuos campesinos truncara para que los caudillos viejos y nuevos siguieran acaparando la tierra...
el pueblo de El Valle en una vista aérea a mediados de 1930
Antes de que se construyese la vía carretera, que partió de El Peaje para atravesar los predios de lo que es hoy la Avenida Nueva Granada pasando por La Bandera y San Antonio, sombreados en esa época por mangos y acacias, mamones y guayabas, flanqueados por acequias fangosas, saturados por el olor penetrante de vaqueras y caballerizas, antes de que se iniciara el crecimiento incontrolado que habría de devorar a la aldea apacible de principios de siglo. A El Valle se llegaba por dos desfiladeros viales que constituían entonces la entrada sur de Caracas para el arribo a la capital de frutas y hortalizas procedentes del Tuy, de San Diego y San Antonio de los Altos, por la trocha angosta que orillaba los tablones de caña y de malojo del Prado de María y El Rincón para trepar luego por una escabrosa ladera que corresponde al actual Triángulo, llegar al ventanillo de la cumbre donde el andante se refrescaba con guarapo fresco la garganta y bajar un tanto abruptamente por Cañicito hasta la Calle Baruta y por ella o por la Cagigal hasta la Calle Real. La otra vía – o ferrovía – tiene sabrosa historia: el trencito que desde Puente Hierro se adentraba en el caserío hasta perderse en él. Una sonrisa piadosa saldría a flor de labios si recordáramos que el viaje en ese “ferrocarril” – una locomotora y apenas dos vagones que se habría de trocar en un vulgar tranvía – era alma y alegría para la colectividad vallera, ávida de emociones que rompieran su rutina...
El Valle en un mapa de 1934
Más allá de los límites del latifundio de mi tío, sin propiedades intermedias, se extendían dos haciendas de mis primos – éstos por la línea paterna – los Lander Gallegos: “La Rinconada”, donde se alzan el fastuoso Hipódromo y El Poliedro; Tazón donde hay instalaciones militares y de servicios públicos; eran tierras de alto precio que fueron vendidas en decenas de millones en los años cincuenta a Eugenio Mendoza – Tazón – y al Estado venezolano... En los terrenos contiguos a la Rinconada, ayudamos a los “marginales” de entonces a levantar ranchos miserables para ellos techo indispensable; en Las Mayas, en Bermúdez, en las cercanías de la finca de los Bañuls, en el entorno de la quinta de Henry Pittier, en Turmerito, vía hacia La Mariposa, Paracotos, Tácata, Charallave, Cúa, Ocumare del Tuy...
la hacienda Sosa en una fotografía de 1938
Con el crecer incesante de la capital, con la valorización de las áreas urbanas, con el desarrollo que conoció la economía venezolana tras la muerte de Juan Vicente Gómez y el incremento a ritmo veloz de los ingresos petroleros, El Valle sufrió una transformación sorprendente. Antes eran dos calles largas: la Calle Real y la llamada Calle Atrás. La Calle Real arranca del Cementerio viejo, al borde derecho de la estrecha carretera que viene de Caracas, y expiraba junto con la linda placita y la antigua iglesia donde oficiaron en distintas épocas un párroco servil al régimen gomecista, delator de cofrades suyos desafectos al gobierno, el Padre Aranaga, español de origen, y su antítesis ética el respetado Monseñor Alejandro Rodríguez, amigo mío a pesar de las diferencias ideológicas, tolerante y comprensivo como pocos. Más adelante, a partir del Cine Chapellín, del inolvidable Botiquín de los chinos atendido por sufridos y siempre humillados nacidos en la lejana Catay, del Bar La Crema donde todos los mentideros hallaban su asiento; La Cruz Roja, fuente de salud de la cual hablaré más adelante; el negocio de Camilo Fumero; la esquina de La Cruz hacia donde confluía en airosa curva la Calle Cagigal desde las alturas de San Andrés y Caniceto; el club Bolívar a cuyos salones espaciosos acudía la “aristocracia” de la parroquia y en cuya sede se celebraban rumbosos saraos y suntuosos bailes de carnaval; la escuela Elías Toro y la Padre Machado, donde ejercían magisterio Alicia Mendoza, Alicia Graffe y Ana Teresa Hernández – para no mencionar otras abnegadas pedagogas, educadoras consustanciadas con la comunidad –, la fábrica de Chocolates Savoy, la primera industria vallera en la que numerosos obreros de uno y otro sexo conocieron la explotación de su fuerza de trabajo. Luego venía la encrucijada más concurrida denominada Cruz Verde; un ramal hacia el denominado Estado Zamora donde vivió y escribió el poeta y periodista caroreño Domingo Amado Rojas; otra cuesta abajo hacia la calle Atrás, el molino de Felipe Bello, la urbanización Longaray que se acunaba a la derecha, el trecho largo – ya mediados los 40 – que conducía a la Escuela Militar, entre cuyas construcciones surgió con Manuel Taborda al frente y nuestro concurso entusiasta, un Sindicato que libró durante el Gobierno de Medina Angarita una huelga victoriosa. Siguiendo sus pasos hacia Los Jardines a cuyo comienzo vivía yo, se hallaba el expendio de víveres más prestigioso de la parroquia, el de José González, a cuyo almacén de compra y venta llegaban diariamente por centenas desde las comarcas agrícolas más productivas, arreos de mulas y burros con los rubros más solicitados – caraotas, verduras, hortalizas, café, frutas, aves y huevos, carne de cerdo, entre otros – para adquirir en la tienda del isleño las más variadas mercancías, desde harina y pescado hasta telas, kerosén y velas. Era una especie de trueque que se repetía con cada labriego cada semana, una suerte de cadena que ataba a los campesinos o el conuquero le quedaba debiendo a José, en cuyo caso volvía el sábado siguiente para saldar en lo posible su deuda o dejaba en depósito pequeñas sumas que igualmente lo llevaban de nuevo al almacén.
El Valle en 1932. Hacia el centro-derecha, se aprecia la torre de la iglesia
La Calle Real proseguía su marcha con el tranvía en la margen izquierda deteniéndose – era la cómoda práctica – para que subieran o bajaran a su capricho o interés los pasajeros: la Jefatura Civil, un solar donde se instaló el Mercado Libre, el Cine Roxy, la tienda del viejo López, el “Morfeo” célebre de los hermanos Curvelo, canarios avaros que cobraban dos bolívares a cada forastero que se viera obligado a pernoctar en sus inmundos cuartuchos. Y pare usted de nombrar negocios y viviendas que sería cosa de no terminar nunca, memoria me sobra, pero los lectores protestarían... Me limitaré por consiguiente a decir que entre mis recuerdos de niño de esa Calle Real de la parroquia tutelada por San Roque están las coleadas de toros a las que acudían briosos jinetes de Charallave y Pitihaya, de Paracotos y Cúa, Ocumare y Quiripitae, de San Casimiro y San Sebastián, de Valle Morín, Camatagua y San Francisco de Macaira y hasta caraqueños de alcurnia que no desdeñaban recibir cintas de colores de las más lindas muchachas valleras. Se colocaban talanqueras en las bocacalles, se encendían de beldades las ventanas, se escanciaba aguardiente lavagallos en gran escala. Los toros rodaban una y diez veces por tierra y los vítores y alaridos colmaban la calzada. Eran tiempos de alegría sana, de llaneza extrema. Expoliación, y mucha, existía, más era menos compleja la trama. No había drogas y los hampones eran escasos, una docena de prostitutas en todo el pueblo, y con eso bastaba.
El Valle en una foto de A. Muller
La Calle Atrás era otra cosa, como también era Muñingal con su Escuela Abigail González. Allí moraban el poeta de “El Cucarachero”y sus hijos, entre los cuales debo mencionar a José María, colega de toda probidad y de todo mi afecto. La ruta desfilaba entre casas muy parecidas – las viviendas de los Pimentel y los García Maldonado, las de Antonio Rendón y María Morales, los Lemoine, los Palumbo, entre otras, muy próximas entre ellas al tan mentado Zanjón de los perros. Otro cine ya en la plaza, la mansión de los Boccardo y los Oyarzábal, la casa de Federico Lessman el cronista fotográfico de la vieja Caracas, rumbo resuelto al río por Santa Rosa y Punta Brava, con desvío hacia “Los Reina” de donde partía una senda trepadora que entre colinas tupidas de chamizales nos llevaba a Baruta y Sartenejas... Vaya intercalada una estampa del folklore vallense asaz olvidada; en una calle lateral a cuadra y media de la iglesia, estaba una casa donde se veneraba al “Gran Poder de Dios”, en forma de una piedra tosca que, al decir del vulgo, concedía favores, hacía milagros. La esquina donde estaba enclavada la “capilla” tomó de esa leyenda su nombre: esquina del Gran Poder de Dios. La gente crédula, humilde y no tan humilde, acudía a encender lamparitas de aceite y a hacer donativos de los cuales se beneficiaba sin escrúpulos la familia que tenía bajo su custodia el guijarro. Menudeaban los dolientes de cuerpo y espíritu, llovían las promesas y las dádivas en efectivo. El párroco condenó el absurdo culto, mi ateísmo burlón e intransigente se cebó sobre ara tan singular, pero los moradores, en hora de angustia volcaban sus miradas hacia el talismán. Yo me pregunto a veces qué se hizo aquel pedrusco. A los finales de los treinta, El Valle tenía una columna vertebral, la Calle Real, y una vía alterna: la Calle Atrás, ésta menos trajinada y bulliciosa. Las casonas de patios floridos y soleados, algunas con grandes zaguanes, gruesos portones con o sin postigos y aldabones herrumbrosos, se pareaban con casitas humildes pintadas de variados colores que iban bordeando las colinas de cotas muy combadas y sobre cuyas laderas abruptas fueron alzándose El Calvario, San Andrés, Municipal, Los Aguacates. Muy cerca del Callejón El Loro, de frente a la Cagigal, partían las veredas que se perdían entre chozas de bahareque o de simples tabla, latón y techos de tejas, zinc o asbesto. En ellos reinaba la penuria, cuando no la miseria extrema. Las mujeres – entonces limitadas a los oficios del hogar y al cuido de los niños – tenían que buscar agua en las escasas pilas de la ruta principal, haciendo largas colas desde la madrugada para llenar latas y vasijas y luego llevarlas sobre la cabeza mientras trepaban fatigosamente por los senderos escarpados, mientras sus compañeros de vida y vicisitudes buscaban el sustento familiar muy lejos de la vivienda: en alguna obra vial, en edificaciones, dedicados a un poco productivo comercio en las pocas empresas industriales que existían para la época. Abundaba la parasitosis intestinal por falta de instalaciones sanitarias, pues no se había iniciado aún la campaña por la construcción de letrinas que masivamente adelantamos los comunistas a partir de 1944.
la llegada a El Valle desde Caracas; 1938
Niños panzudos, no por bien nutridos sino exactamente por todo lo contrario, de color terroso por la anemia provocada por la anquilostomiasis, “lombricientos” como se decía entonces, la mayoría de los cuales no llegaba a la adolescencia a causa de la elevada mortalidad infantil: gastroenteritis, amibiasis, la tuberculosis llamada “peste blanca”. Años, décadas de ausencia casi total de servicios públicos, de desatención a los problemas populares por parte de las autoridades cuyos personeros se ocupaban primordialmente de succionar el tesoro público para beneficio propio. Pero estas barriadas miserables crecían aterradoramente; campesinos de las regiones vecinas desalojados por los latifundistas, jornaleros de más remota procedencia que acudían a la ciudad en busca de una minúscula migaja del banquete petrolero que les alcanzarían apenas para vivir de duros perfiles, para demorar un tanto las muertes prematuras. Un panorama de filosas aristas y de franco desamparo social, heredado de la dictadura gomecista, pero mantenido en lo esencial intacto por los gobiernos sucesivos con las inevitables variantes de fachada y portal. ...[y después la] aparición de Cañicito a lo largo de la ruta procera; el barrio “Estado Bruzual” devorando lenta pero seguramente el Cementerio Nuevo en la prolongación de la calle Baruta; San Andrés y El Tamarindo en los terrenos antes boscosos donde tenía su taller el escultor Pedro Basalo; San Andrés Municipal un poco más tarde, el adensamiento de El Calvario y del Estado Zamora, Cerro Grande. Y después la Urbanización “Los Jardines” alzada, como Coche, sobre los antiguos cañamelares de las extensas fincas de mis mayores; La Rinconada, ya en los linderos del Hipódromo. Casas y más casas, bloques y más bloques en las partes planas, tugurios y más tugurios en las zonas empinadas. El cemento sepultando las antiguas vegas, el tractor derrumbando los mangos y cujíes, las recias caobas, los florecidos bucares, araguaneyes y apamates. Los bulldozers arrastrando las arenas finas del río, a nivel de Tazón y en aras de la avidez de lucro. Mucho más allá, elevándose penosamente, la presa de La Mariposa, bajo cuyo fondo lodoso deben reposar las ruinas del caserío del mismo nombre donde atendí enfermos y atendí partos... Es hora ya de dar fin para mi breve esbozo de las vivencias que se agolpan en mi memoria y conservan su frescura a pesar de los lustros idos. Podría llenar libros enteros con recuerdos que se mantienen nítidos y abundosos. He vertido sólo algunos de ellos en éstas páginas, a vuelo de pluma, dejando fluir las emociones.”
Varios autores (1986): El Valle y sus cercanías. Ediciones de la Fundación para la Cultura y las Artes del Distrito Federal / FUNDARTE e INCE. Caracas, 114 Págs.
Las arcadas del mercado después de su demolición. Dibujo de Bolet Peraza, 1866
Como mencionábamos más arriba, el cambio en la morfología y uso de la plaza vendría por iniciativa de Antonio Guzmán Blanco. Aún cuando éste no era aún presidente de los Estados Unidos de Venezuela, sino Presidente del Distrito Federal, en 1864, mandó este a desalojar el mercado de la plaza Mayor y demoler las arcadas, permaneciendo la manzana despejada unos años. Al ascender Guzmán Blanco al poder decretó el ornato de la plaza, encargando a fundiciones francesas balaustradas, faroles y fuentes, y ordenando la creación
de jardines y plantado de árboles. El diseño de la plaza estuvo a cargo del ingeniero francés A. Roudier, el cual proyectó un cuadrado cruzado por cuatro avenidas orientadas hacia los puntos cardinales, y otras cuatro avenidas uniendo el centro con las esquinas de la plaza. En el costado norte se realizó un banqueo para superar el desnivel, banqueo que fue salvado por escaleras en las esquinas noreste y noroeste. En el centro del costado norte se diseñó un pedestal para situar una estatua de Simón Bolívar, pero la idea fue desechada y la estatua fue encargada para colocarla en el mero centro de la plaza.
La estatua tiene una larga historia: es una copia de la estatua ecuestre de bronce del Libertador situada en la plaza Bolívar de Lima, obra del escultor italiano Adamo Tadolini. Encargada una copia a su escultor, la pieza fue fundida en bronce en los talleres donde se hizo la estatua peruana, en la fundición Von Müller de Munich. El pedestal, en mármol, se pidió a E. Ackermann de la casa Wiessenstadt, también de Munich, y llegó en barco el 24 de septiembre de 1874. En la ceremonia de situado del pedestal, realizada con toda pompa el 11 de octubre, el presidente Guzmán Blanco colocó en la fosa debajo del mismo, en cajas de metal, copia del decreto del 18 de noviembre de 1872 que ordenaba la erección de la estatua, una copia del Acta de la Independencia, los cuatro tomos de la La esquina de Principal durante la demolición de las arcadas. 1866
Historia y Geografía de Venezuela de Codazzi, un ejemplar del primer censo de la república, ejemplares de los periódicos más importantes del país, como La Opinión Nacional, diversidad de monedas – desde un venezolano de plata hasta una moneda de cinco céntimos – y, de manera más egocéntrica, medallas con la efigie de Guzmán Blanco al lado del Libertador, además de fotografías suyas.
La singladura de la estatua fue larga: el bergantín Thora, donde venía la estatua desarmada en 15 cajas, encalló en Los Roques, pasando los bronces varios días bajo el agua. La inauguración de la estatua, prevista para el onomástico del Libertador del 28 de octubre, tuvo que ser pospuesta hasta el 7 de noviembre, mientras se efectuaba el rescate del pecio. El día de la inauguración hubo varios discursos – la mayoría en alabanza de Guzmán Blanco – música, 21 cañonazos y repique de campanas de las iglesias de Caracas, ante un selecto público que decía representar a la sociedad venezolana, pero que de hecho excluía a los ciudadanos comunes y más pobres, habitantes tanto de los campos como de los barrios más humildes de la pequeña Caracas de entonces.